nadie

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Mucho tiempo creí que en mí existía un latente deseo de ser deseada.
No sabía lo que decía, 

pues rápido se convertiría en mi maldición.

Nadie me ve a los ojos,
solo me ven con sus ojos.
Nadie siente mi calidez,
solo sienten su lujuria.
Nadie escucha mis anhelos,
solo buscan mis gemidos.

Nadie me puede tocar;
me convencí de que mi único poder era el de la elección.
No me puedes amar, no me puedes tocar.
¿Poder o condena?

No estoy segura de que alguien me haya amado aún.
Aun así, me he dejado tocar,
buscando eso que no sé cómo se ve.

Me tocan sin yo saber lo que se siente ser tocada.
Me escuchan gemir sin escuchar mi voz.
Me ven sin percibir mi alma,
sin contemplar mi esencia.
Tal vez solo por momentos…

No hay hombre enseñado a amar.
No hay hombre con el don de ver.

Y pasan los días.
La vida con ellos se va.
Y yo, tontamente,
recuerdo el mayor espejismo que me dio la vida.

Como si amarme fuese una opción descartada,
con el tiempo se imposibilita.

Como si amarme únicamente se sostuviese de una inminente fecha de caducidad, 

Con mi alma abierta para que la olviden cuando su necesidad de mi cese.

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